
Amigos míos.
Dado que vamos a ser compañeros de viaje en este vuelo sobre las nubes, no estará de más que nos conozcamos.
Mi nombre es Ícaro, hijo de Dédalo y una esclava de Minos. Mi padre fue ingeniero, inventor y arquitecto de fama. Los celos le hicieron matar a su aprendiz, que amenazaba con superar su genio, y fue condenado al exilio de Atenas. Se refugió en Creta, en la corte del rey Minos, donde yo nacería.
Allí, para complacer a la reina Pasífae, inflamada de deseo hacia el prodigioso toro que Poseidón había ofrecido al monarca, mi padre ideó un ingenioso artefacto consistente en una vaca de madera recubierta de cuero, gracias al cual la reina, escondida en su interior, pudo unirse al animal. De esta unión nació el Minotauro, monstruo de cuerpo humano y cabeza de toro. A petición de Minos, Dédalo construyó un intrincado laberinto donde el monstruo quedó confinado.
El rey cretense exigía anualmente a los atenienses un tributo humano, un desdichado jóven que acabaría siendo devorado por el Minotauro. Teseo, se ofreció voluntario y consiguió matar al monstruo. Sin embargo, para salir del laberinto necesitó la ayuda de Ariadna, hija de Minos, enamorada de él y a quien mi padre proporcionó el ovillo de hilo que mostraría a Teseo la salida. La princesa huyó con él, aunque el voluble héroe no tardó en abandonarla.
Minos, furioso con mi padre, nos encerró a él y a mí en el laberinto. Entonces, construyó unas alas enormes hechas con cera y plumas. Bien fijadas a la espalda y los brazos de ambos, logramos huir del horrible laberinto. Mi padre me dijo que no volara demasiado bajo, porque la espuma del mar mojaría mis alas. Pero me advirtió que tampoco volara demasiado alto, ya que entonces el calor del sol derretiría la cera de la que estaban hechas.
Sin embargo, el orgullo me impulsó a la desobediencia. Embriagado por el poder que me conferían las alas, quise acercarme un poco al sol, quise verlo de cerca. Sentía una especie de atracción insuperable. Y tanto me acerqué que la cera de mis alas se fundió y, ¡Oh, imprudente de mí!, me precipité al mar Egeo y mi padre contempló cómo me ahogaba ante sus ojos. Él logró llegar, sano y salvo, a Sicilia, a la corte del rey Cocalos.
Fui engullido por el mar por querer ir más allá de lo razonable, más allá de lo lógico, siempre más allá. Quise creer que tocaría el sol y viviría para contarlo. Y aunque no lo conté, otros lo hicieron por mí. Otros hablaron de mi hazaña y siguen hablando hoy.
Soy Ícaro, hijo de Dédalo, y toqué el sol con mis manos de mortal. ¿Qué has hecho tú que merezca la pena ser contado?
Aún tienes tiempo.
Hazlo.
ÍCARO.
