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domingo, 25 de enero de 2009

LA BELLEZA DE LA MITOLOGÍA


Sin duda, conocer la mitología no es necesario para vivir.
Pero las cosas de este mundo (y esta expresión no presupone la existencia de otro) se ven de otro modo tamizadas por el crisol de las historias que se entremezclan en la tradición mitológica griega y romana.

Es más bello asistir al despliegue del abanico polícromo de un pavo real, sabiendo que los ocelos de su cola son los cien ojos de Argos.

El gigante Argos era el mejor guardián imaginable, puesto que sólo parte de sus ojos dormía mientras el resto permanecía vigilante. Sirviente de la diosa Hera, su último servicio fue custodiar a la joven Ío, amante de Zeus transformada en ternera. Para liberarla fue enviado Hermes, quien logró dormir todos los ojos de Argos y darle muerte. Según relata el poeta romano Ovidio en sus Metamorfosis, Hera sembró sus ojos sobre el plumaje del pavo real como homenaje póstumo a su fiel servidor.


Es más grato admirar una anémona roja, sabiendo que la primera de ellas nació de la sangre de Adonis.

El joven más hermoso de toda la mitología logró enamorar apasionadamente a la diosa Afrodita, quien confió su educación a la diosa Perséfone. Sin embargo, también esta cayó enamorada del joven Adonis. La disputa la zanjó Zeus dividiendo el tiempo del muchacho entre ambas diosas. En una cacería fue atacado por un jabalí y murió a consecuencia de las heridas. Afrodita, deshecha de dolor, hizo brotar de su sangre la roja anémona.


Es más hermoso observar un jacinto, sabiendo que su origen está en la sangre del personaje homónimo abatido accidentalmente por Apolo.


Jacinto, joven de gran belleza, y el dios Apolo practicaban el lanzamiento de disco. Uno de los lanzamientos del dios erró su objetivo porque Céfiro, el dios viento del oeste, que también amaba a Jacinto, desvió su dirección, y golpeó al joven en la cabeza, provocando su muerte. La hierba manchada de sangre reverdeció y, del suelo, brotó una flor púrpura, el jacinto.




Y ver un narciso, sabiendo cómo el personaje del mismo nombre se convirtió en flor.

Narciso, hijo del río Cefiso y la ninfa Leiríope, era tan bello que despertaba el amor de todos los corazones. Sin embargo, él rechazaba a hombres y mujeres con desdén. Némesis, diosa de la venganza y castigadora de la desmesura, hizo que Narciso se enamorara de su propio reflejo en el agua. Desesperado por no poder alcanzar el objeto de su deseo, que huía de sus manos cada vez que intentaba cogerlo, fue languideciendo de pasión insatisfecha hasta morir al pie de aquellas aguas. Fue convertido en una flor, el narciso, símbolo de la muerte prematura.



Es más excitante contemplar el monte Etna en erupción si sabes que las llamas que surgen del volcán son las del monstruo Tifón, sepultado por Zeus.

Tifón, hijo de Gea (la Tierra) y de Tártaro (región del Infierno), ser gigantesco y aterrador, rozaba las estrellas con su cabeza y con sus brazos extendidos podía tocar a la vez Oriente y Occidente. Sus ojos lanzaban llamas y sus dedos acababan en cabezas de dragón. Luchó contra los dioses que tuvieron que huir a Egipto. Sólo Zeus se enfrentó a él y, tras una larga lucha, Tifón huyó herido a Sicilia donde Zeus logró aplastarlo arrojándole encima el monte Etna, de donde, a veces, todavía salen las llamas y los rugidos del monstruo prisionero.


La vida, con un poco de mitología, sabe mejor.